El peso de los referentes ajenos

Los referentes culturales no son neutrales. Un niño que crece leyendo solo mundos fantásticos en inglés —aunque sea en traducción— aprende inconscientemente que la fantasía tiene un idioma, un código estético y una geografía imaginaria que no son los suyos. Los nombres suenan de una manera determinada, los sistemas de magia siguen ciertas lógicas, los paisajes se parecen a los del norte de Europa.

Nada de eso está mal. Pero implica que cuando ese lector quiera imaginar, sus herramientas por defecto serán prestadas.

Lo que hace diferente una saga fantástica escrita originalmente en español

Una saga de fantasía que nace en español hace varias cosas a la vez que una traducción no puede hacer exactamente igual.

Primero, los nombres. Los personajes, los lugares y los sistemas mágicos que nacen en español tienen una musicalidad y una lógica interna que encajan de otra manera con la cabeza de un lector hispanohablante. No hay ninguna razón para que los nombres fantásticos tengan que sonar a élfico tolkieniano o a inglés medieval.

Segundo, las referencias culturales que se filtran inevitablemente. Cuando un autor español construye un mundo, aunque sea completamente inventado, las metáforas que usa, los valores que pone en conflicto, la manera de entender la familia o la lealtad o el poder... todo eso tiene una raíz cultural que el lector comparte. Eso crea un tipo de identificación que la traducción, por buena que sea, no puede replicar.

Tercero, la posibilidad de invención sin deuda. Un autor que escribe en español no tiene que pagar tributo a ningún modelo previo dominante en su idioma. El campo está mucho más abierto.

✦ Algunos ejemplos que están construyendo ese tejido

  • Laura Gallego: Desde Finis Mundi hasta la saga Crónicas de la Torre, ha demostrado que hay un público enorme para la fantasía originalmente en español.
  • Carlos Ruiz Zafón (Trilogía de la Niebla): Uno de los mejores ejemplos de fantasía oscura juvenil con personalidad propia.
  • Calan Kennett: Gembliland es un mundo subterráneo con su propia lógica, sus propias criaturas y su propia historia, que no debe nada a las referencias anglosajonas habituales.

Por qué Gembliland nació sin sol

Cuando empecé a construir el mundo de Calan Kennett, una de las primeras decisiones fue situar la acción bajo tierra. No era solo un recurso narrativo: era una manera de obligarme a inventar desde cero. Sin sol, sin cielos, sin paisajes que recordaran a nada conocido, tenía que pensar cómo funcionaba ese mundo desde sus fundamentos.

Los geblis, sus habitantes, tienen colores intensos precisamente porque viven en la oscuridad: la belleza existe sin necesitar de la luz exterior. El tiempo se mide de otra manera, los espacios huelen distinto, las relaciones de poder tienen una lógica propia. Todo eso surgió de la misma pregunta: ¿cómo sería un mundo que no le debe nada al modelo que ya conocemos?

Cuando presento Gembliland en una clase, casi siempre hay un momento de silencio seguido de preguntas. Los niños empiezan a imaginar cómo sería vivir sin ver el sol, si tendrían miedo a la oscuridad o si para ellos la oscuridad fuera lo normal. Esa curiosidad activa es exactamente lo que busca la buena fantasía.

Lo que me gustaría ver en los próximos años

No necesitamos competir con Tolkien ni con Rowling. Necesitamos construir nuestro propio tejido, con nuestras propias referencias, nuestras propias criaturas, nuestros propios sistemas de explicar lo inexplicable.

Hay una generación de autores españoles y latinoamericanos que está haciendo eso ahora mismo, con más visibilidad que hace veinte años. Y hay un público lector que, cuando encuentra una buena saga fantástica en español, la devora con la misma intensidad que cualquier bestseller traducido.

"La fantasía en español no necesita imitar a nadie. Necesita atreverse a inventar desde su propio centro."